Los jesuitas de las Sierras: aquellos primeros pobladores de Mar del Plata

Entre los malones, cinco hombres dejaron su vida por documentar, curar y enseñar, en tiempos de la nada misma. Y casi sin quererlo, dejaron una huella profunda en nuestra zona.

Tomás Falkner fue un médico, sacerdote de la Compañía de Jesús, misionero, naturalista y etnógrafo que vivió gran parte de su vida en el Río de la Plata y la Patagonia.

Nacido en Manchester y formado en medicina, Falkner llegó a Buenos Aires como cirujano de barco en la década de 1730. Aquí se abrazó a la fe católica y al tiempo entró en la orden jesuítica.

Pero no era un sacerdote común: combinó la labor pastoral con la práctica de la medicina, la botánica y la observación etnográfica, registrando costumbres, lenguas y usos de los pueblos indígenas.

En 1746, Falkner y otros padres jesuitas como José Cardiel, Matías Strobel, Gerónimo Rejón y Manuel Querini protagonizaron expediciones hacia las sierras del Sistema Tandilia y fundaron la reducción conocida como Nuestra Señora del Pilar (la que hoy está replicada en la actual Laguna de los Padres), intentando establecer una presencia entre grupos a los que llamaron pampas, puelches o serranos.

Los Jesuitas dejaron registros de cómo eran los antiguos habitantes de nuestro territorio

El trabajo concreto de estos jesuitas consistía en establecer reducciones o misiones, enseñar oficios y catequesis, atender la salud (teniendo conocimientos de farmacia y herbolaria), intercambiar bienes (yerba, tabaco, herramientas) y producir informes sobre el terreno. En muchos casos actuaban como puente entre criollos y pueblos originarios y como observadores científicos para Europa.

En conjunto, estos jesuitas cumplían roles complementarios: Cardiel aportó pericia cartográfica, exploratoria y naturalista; Falkner sumó medicina y describió la fauna y restos naturales; Strobel proveyó experiencia en la dirección de reducciones y conocimiento de lenguas indígenas; Querini aportó la sistematización documental y la interlocución con la Corona; y Rejón dió apoyo operativo y pastoral en el terreno.

Su trabajo concreto incluía fundar reducciones, organizar cabildos indígenas (cuando era posible), enseñar oficios y agricultura (introduciendo cultivos como el trigo), atender la salud mediante boticas y saberes herbales, mediar en conflictos interétnicos y producir correspondencia e informes, que hoy son fuentes primarias para los historiadores.

Los jesuítas convivían entre la medicina, su fé y los malones. Y eran testigos de ello.

Estas misiones fueron atacadas por coaliciones indígenas que reaccionaron a tensiones, faltas de abastecimiento y conflictos con estancieros y caciques (por ejemplo los malones de 1750–1751 liderados por caciques como Cangapol), lo que obligó a evacuaciones, relocalizaciones y, en algunos casos, la refundación temporal en otras zonas más seguras.

La experiencia misionera en las sierras fue difícil y breve: la reducción del Pilar fue abandonada en 1751 ante las hostilidades de malones de grupos pampas que reclamaban bienes y reaccionaban ante la presencia europea, lo que produjo el repliegue o despoblamiento de esas misiones.

Finalmente, en 1767 los jesuitas fueron expulsados de los dominios españoles en América por decreto real. Falkner, como otros compañeros, fue detenido, desterrado, y eventualmente recaló en Europa, donde escribió y recopiló sus recuerdos y observaciones hasta su muerte en 1784.

El legado que dejaron los jesuitas en estas sierras fue variado: dieron nombres a lagunas y cerros, dejaron registros que salvaron vocablos y relatos indígenas, documentaron la observación natural de flora, fauna y restos fósiles, y dejaron un antecedente para futuras poblaciones estables.

Estas poblaciones alguna vez dejaron de ser nómades. Años después, constituyeron estancias criollas, como el saladero en el puerto de Laguna de Los Padres, dando origen a otros asentamientos como el que hoy conocemos como Mar del Plata.

Por Mariano Mónaco



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