Viejos son los trapos: Ayudar a envejecer usando el cerebro

El envejecimiento de nuestra población plantea un reto y una oportunidad: cuidar la mente y rescatar la historia oral de nuestras raíces.

En la región viven unas 667.000 personas, y según el Censo 2022 más de 141.000 tienen 60 años o más, lo que equivale al 21 % de la población, un porcentaje más alto que en otras ciudades grandes de la provincia de Buenos Aires.

Dentro de este grupo, 27.300 superan los 80 años, es decir alrededor del 4 % del total, y eso convierte a la ciudad en uno de los lugares del país con mayor presencia de adultos mayores.

La explicación está en varias causas: la caída de la natalidad, el aumento de la esperanza de vida —que pasó de 75 años a casi 77 en la última década— y también el hecho de que muchas personas eligen Mar del Plata o la Sierra para pasar su retiro o jubilación, atraídas por el clima, el mar y la pasividad con acceso a servicios.

Este envejecimiento trae consigo grandes desafíos: cómo atender la salud, cómo prevenir el aislamiento social, cómo lograr que los mayores sigan siendo parte activa de la vida de la ciudad.

En este punto, la salud de la memoria y de la mente ocupa un lugar central. Aunque el paso de los años suele traer dificultades cognitivas, no son inevitables: se sabe que actividades como caminar, hacer gimnasia suave, jugar al ajedrez o a las cartas, leer, aprender algo nuevo y compartir espacios en grupo ayudan a mantener el cerebro en movimiento.

Particularmente, los talleres de memoria y las prácticas de historia oral han mostrado ser muy valiosos: invitan a los mayores a contar su vida, a recuperar recuerdos, a narrar anécdotas familiares o vecinales, y en ese ejercicio no sólo estimulan su mente sino que también se sienten reconocidos.

Trabajos motrices, el uso del cerebro, y el intercambio entre generaciones es una medicina para la mente y el corazón.

Cuando un adulto mayor relata cómo era todo hace 50 o 60 años, no solo trabaja su memoria, sino que también transmite un legado cultural a los más jóvenes.

Ese intercambio intergeneracional —los nietos que escuchan a los abuelos, los estudiantes que entrevistan a vecinos longevos, las grabaciones que se hacen en talleres comunitarios— fortalece la autoestima de quienes cuentan y, al mismo tiempo, conserva la historia de los lugares.

Los especialistas en gerontología remarcan que la remembranza y el trabajo con recuerdos mejoran el ánimo, reducen la sensación de soledad y favorecen la comunicación.

La voz de los mayores pasa a convertirse en un recurso de salud, de cultura y de identidad colectiva.

El reto para la región no es sólo acompañar a una población que envejece, sino hacerlo de manera creativa: diseñar políticas públicas que valoren la palabra, multiplicar los espacios de encuentro, incluir a los mayores en proyectos educativos y culturales, y reconocer que en esas más de 27.000 personas que ya pasaron los 80 años hay una riqueza de memoria y experiencia que merece ser cuidada y transmitida.

La memoria compartida fortalece vínculos y mantiene viva la identidad

En tiempos de vorágine e instantaneidad, parar un segundo para revivir fotos, momentos y postales, puede no ser la cura, pero si el alivio, para una población sabia, agradecida y generosa.

Esta nota está dedicada a nuestra tía María que nos dejó recientemente. Gracias por tantas anécdotas, chistes y enseñarnos a escuchar, y mantener la llama viva de la tradición familiar. Un beso al cielo.

Por Mariano Mónaco



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