Muchos, por edad, no hemos conocido aquella majestuosa Perla del Atlántico. Aquí traemos una pincelada de época, de la mano de uno de los más célebres cronistas argentinos.
«Entre los veraneantes más novedosos de la temporada figuran los llamados “turistas económicos”. Son las gentes humildes que, aprovechando los pasajes baratos del ferrocarril, salen de Buenos Aires a las 5 de la madrugada, llegan al balneario a las 11 de la mañana y toman el tren de regreso para Constitución a las 8 de la noche, llegando a Buenos Aires al amanecer. Ida y vuelta les cuesta quince pesos.

Permanecen en Mar del Plata ocho o nueve horas. Yo no sé qué admirar más, si el deleite heroico con que contemplan el mar o la paciencia con que se resignan a soportar las fatigas de su relampagueante veraneo.
Cargados con sus valijas, van y vienen, en caravanas mixtas. Recorren las calles de la ciudad, pasean con su equipaje por las ramblas y luego se tienden en la arena, revolcándose en ella, desnudos, bajo el sol, con el placer divino de los chicos que juegan en el barro.

Como en su presupuesto no figuran los gastos de hotel ni de casilla, se desnudan al aire libre, entre dos sábanas sostenidas por los propios compañeros de viaje. Luego, abren otra vez sus valijas, sacan la merienda traída de Buenos Aires y comen con un apetito formidable. A la noche se van tristes, fatigados, rotos, con el cuerpo abierto en llagas por los baños de sol. Pero ¡qué les importa! Al día siguiente comenzará para ellos la verdadera fiesta: la evocación del instante vivido a la orilla del mar. Aquel instante de recuerdo les dará semanas y hasta meses de gloria.»
«Hasta ahora no han aparecido en la ruleta jugadores fuertes. Abundan, en cambio, los que en lenguaje técnico se llaman «pescadores de mojarritas».
Son los que juegan con fichas de un peso. Juegan a línea o a cuadro o, cuando más, a un semipleno. Las mujeres son más corajudas. Se arriesgan con el heroísmo propio de su fantasía. En primer lugar, porque no hay ningún sitio donde ellas puedan ostentar mejor sus dedos cuajados de brillantes. El acto de colocar las fichas en el paño les permite lucir solitarios que parecen faroles.

Además, estas joyas son un recurso para las perdedoras. En la Rambla hay quienes compran o aceptan en empeño piedras de valor. Al día siguiente, en las carteleras del paseo, suelen leerse avisitos así: “Se ha perdido en la arena un solitario. Buena gratificación a quien lo encuentre”.
«Un caballero llegó de Tucumán con su mujer y sus seis hijas. Traía diez mil pesos, ahorrados en un año de labor. Además, traía su automóvil. Fue esa misma tarde a la ruleta “para matar el tiempo”. Jugó y ganó rápidamente dieciséis mil pesos. En vez de retirarse con la ganancia, continuó jugando.
Media hora después había perdido la ganancia más los diez mil pesos destinados al veraneo de toda su familia.

Para recuperar la pérdida, vendió su automóvil a uno de los muchos especuladores que merodean por aquí. A las cinco de la tarde, ya no le quedaba al caballero tucumano nada para vender. Ese día, por la noche, tomaba con su mujer y sus seis hijas otra vez el tren a Tucumán.
Moraleja: antes de ir a la ruleta, paga por anticipado todo tu veraneo.»

El autor de estas líneas fue José Gabriel Soiza Reilly (1879-1959) un periodista, cronista y escritor argentino, célebre por sus notas llenas de color y observación social.
Colaborador de medios como Caras y Caretas, se destacó por retratar con ironía, los paisajes humanos de su tiempo: desde la vida cotidiana de los humildes hasta las extravagancias de las élites.
Fue uno de los cronistas más leídos de la primera mitad del siglo XX y un referente del periodismo narrativo argentino, capaz de convertir hechos simples en estampas llenas de vida y reflexión.






