Aquellos que ven sin ver: los sentidos y ceguera

Qué sucede en el cerebro de las personas ciegas y cómo los sentidos se afinan para percibir un mundo que muchos no registran.

La ceguera no convierte a las personas en superhumanos, pero la necesidad de adaptarse moldea un cerebro que se reorganiza con asombrosa plasticidad, permitiendo que sentidos como el oído, el tacto y el olfato se conviertan en radares para leer el mundo de formas que la mayoría ni imagina.

Investigaciones del Instituto de Neurociencias de Montreal y del Journal of Neuroscience demostraron que la corteza visual en personas ciegas congénitas se activa al procesar sonidos y texturas, transformando ecos, roces y vibraciones en información espacial que guía cada paso.

Ejemplos cotidianos incluyen el uso del eco del bastón o de los propios pasos para saber cuán angosta es una vereda, si hay un portón abierto o si se aproxima una esquina, mientras que las manos se convierten en ojos para percibir corrientes de aire, roces o vibraciones en pisos y paredes.

Ayudar a una persona ciega en la vía pública no significa tomarla del brazo sin avisar. Preguntá si necesita ayuda y cómo prefiere que la guíes.

Estudios en Turquía y Chile documentaron casos de personas ciegas que han detectado con antelación movimientos telúricos, sintiendo microvibraciones o cambios de presión atmosférica imperceptibles, combinados con ruidos graves que se transmiten por estructuras antes de un sismo.

El olfato también se afina y, según investigaciones de la Universidad de Oslo, algunas personas pueden oler cambios en la humedad del aire o el olor del ozono previo a tormentas, lo que les permite anticipar lluvias, vientos o la cercanía de un frente frío antes que los meteorólogos alerten al resto.

En Mar del Plata, donde la brisa marina lleva aromas de salitre, algas y humedad costera, personas con discapacidad visual cuentan cómo estos matices les permiten distinguir si la marea está subiendo o si se aproxima una sudestada.

Instituciones como la Escuela Especial 502 y talleres de movilidad trabajan diariamente en una ciudad donde las veredas irregulares y autos estacionados sobre rampas obligan a entrenar el oído y el tacto para moverse con seguridad, convirtiendo cada cuadra en un laboratorio de percepción.

Algunos relatan cómo distinguen a conocidos por el ritmo de sus pasos, el sonido de las llaves, el perfume de la ropa o la forma en que respiran, mientras que el tacto se vuelve herramienta de lectura de la textura del aire, de las vibraciones del piso o de la dirección de un viento que anuncia el cambio de clima.

El teatro ciego es una experiencia muy recomendable que trasciende el entretenimiento: es un ejercicio de confianza, de escucha y de percepción, donde el público se sumerge en la oscuridad absoluta para percibir la escena con todos los sentidos, salvo la vista.

En el teatro ciego no se ve, se vive. En la oscuridad total, los sonidos, aromas y texturas cuentan historias que no necesitan luz.

Nacido en Argentina con propuestas como Teatro Ciego Buenos Aires y replicado en otras ciudades, estas funciones permiten que sonidos, aromas, texturas y vibraciones corporales se conviertan en narrativa, dejando que el oído detecte distancias, la piel perciba cambios de temperatura y el olfato marque escenas a través de esencias o alimentos que se sirven en la penumbra.

Todo esto nos demuestra que la vista es apenas un canal de percepción y que entrenar los sentidos no es exclusivo de quienes no ven: podemos aprender a escuchar mejor, a oler con atención, a sentir las vibraciones de nuestro entorno, a percibir el mundo en capas, pero sobre todo mirar hacia el costado, para conectarnos de manera más profunda con la naturaleza y con quienes nos rodean y necesiten una mano.



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