La postal que no te muestran: la Gruta de los Pañuelos colapsa entre turistas, erosión y residuos, mientras las autoridades miran para otro lado.
En vísperas de la temporada invernal, los responsables del turismo local, se frotan las manos como moscas y se cuelgan medallas en base a estadísticas que muchas veces distan de la realidad.

Que Mar del Plata frente a otros destinos sea barata no es novedad. La infinidad de oferta es lo que mueve esa aguja tan importante para la economía local.
Sin embargo, el turismo en sitios arqueológicos es un arma de doble filo: genera empleo, dinamiza economías locales y fortalece el arraigo cultural, pero sin orden puede significar la pérdida irreversible de la historia.
La Gruta de los Pañuelos, conocida por su valor arqueológico y espiritual, se ha convertido en destino de contingentes turísticos y buses sin control de afluencia ni infraestructura adecuada, que provocan compactación del suelo, erosión en senderos y acumulación de residuos, además de alterar la experiencia de quienes buscan un contacto profundo con el pasado.

Según datos de la UNESCO, sitios patrimoniales que no aplican límites de visitantes o criterios de capacidad de carga pueden sufrir daños que cuestan hasta el triple de lo que generan en reparaciones y tareas de mitigación a largo plazo.
Por ejemplo, Machu Picchu, que recibe más de 1,5 millones de visitantes al año, superó ampliamente el umbral recomendado por la UNESCO, lo que derivó en restricciones, sistemas de turnos y nuevos senderos para evitar la destrucción de andenes y caminos ancestrales.
En Petra (Jordania), estudios del Journal of Cultural Heritage Management indican que el paso de miles de turistas diarios acelera la erosión de la piedra arenisca, generando pérdidas que ascienden a USD 2 millones anuales en restauraciones de emergencia.
En Argentina, lamentablemente faltan estadísticas precisas y sistematizadas sobre el turismo en sitios arqueológicos menores.
Un estudio del INDEC del 2019 indicó que el turismo cultural genera alrededor del 9% del gasto turístico total en el país, con un perfil de visitante que valora la historia, busca guías locales y demanda servicios de interpretación.
Sin embargo, cuando estos servicios no existen, se pierden oportunidades de empleo genuino y se fomenta el turismo rápido y desordenado, que suele dejar basura, dañar estructuras y alejar a la comunidad local de la gestión de su propio patrimonio.

La Gruta de los Pañuelos, al tener escasos sanitarios, poca señalización y seguridad, queda expuesta a una presión que se manifiesta en la proliferación de senderos informales, compactación del suelo por estacionamiento de buses sobre pastizales y la falta de control de residuos y aguas grises.
Este impacto no solo degrada el sitio, sino que afecta su valor cultural. Por un lado lo que se gana con el turismo religioso, se pierde en patrimonio. El suelo no es un soporte neutro, sino un archivo vivo que alberga restos de cerámicas, fogones y señales del pasado que, al ser pisoteados o removidos, se pierden para siempre.
Frente a este panorama, el turismo sustentable se presenta como una herramienta, no como un freno.
Según la Organización Mundial del Turismo, aplicar criterios de capacidad de carga puede reducir en un 30% los daños físicos en sitios arqueológicos, mientras mantiene la rentabilidad a través de visitas ordenadas y servicios de valor agregado como guías interpretativos, artesanías locales y circuitos educativos.
Medidas como cupos diarios, circuitos peatonales delimitados, un número suficiente de sanitarios secos, control de residuos y sistemas de turnos permiten que el turismo sea un aliado del patrimonio y no un enemigo.
Para la Gruta de los Pañuelos, aplicar estas estrategias significaría equilibrar la balanza entre lo que se gana y lo que se pierde: se potenciaría la economía local con empleo genuino, se ofrecería una experiencia de calidad a los visitantes y, al mismo tiempo, se conservaría la integridad de un espacio que no solo es piedra y tierra, sino memoria y cultura.
Que se entienda bien: Nadie está en contra del turismo, sino de como se aplica sobre un territorio que es la cara visible de la historia de los primeros pueblos que habitaron la región.
Si la comunidad, los operadores turísticos y el Estado Nacional, Provincial y Municipal articulan acciones concretas de ordenamiento y protección, la Gruta de los Pañuelos puede transformarse en un ejemplo de turismo responsable en la región, demostrando que el suelo, la historia y el turismo pueden coexistir, siempre que se planifique pensando en el largo plazo y en el valor único de cada huella que guarda la tierra.
Por el momento, turísticamente hablando, la Sierra solo sirve cuando la temporada veraniega marplatense es pobre, o cuando se está terminando. En ese entonces, el municipio o el EMTURyC recuerda que existe la Sierra, pagando publicidades costosísimas en medios de comunicación porteños.
Esto me recuerda aquella vez que habilitaron los foodtrucks en la Laguna de los Padres, y mientras un alto mando de nuestra delegación aplaudía el espectáculo y tomaba mate, a metros de él, prendían una fogata improvisada en un lugar claramente no autorizado.
Todo comienza en casa. Planificar el turismo no es pasearse durante el año vendiendo atractivos y pregonando el real estate. Es gestionar lo sustentable, es acordarse de la Sierra todo el año, no cuando nos conviene.
Lo más difícil de explicar para las autoridades, es donde van al baño y tiran los residuos todos esos micros con contingentes, que si, generan turismo, pero hoy por hoy, a cualquier costo.
Por Mariano Mónaco






