Un idioma entremezclado, un puerto en expansión y miles de sueños cruzando el mar. Conocé esta tierna historia que puede llevarte al origen de tu familia
Antonio Cuccoliccio fue uno de los tres millones de inmigrantes italianos que desembarcaron en Argentina entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX en busca de una vida mejor.

Al poco tiempo, Cuccoliccio consiguió un empleo como peón en el circo de los hermanos uruguayos José y Jerónimo Podestá, en el cual se dedicaba a la limpieza, cuidado de los animales y servicios menores.
Su forma de hablar, en la que se mezclaban palabras del italiano y del castellano, no llamaba la atención. En aquella época, era común oír a los tanos que intentaban comunicarse con las mismas dificultades que Cuccoliccio.
Un día, el cómico Celestino Petray se presentó en escena con un nuevo personaje, donde el actor Gerónimo Podestá le preguntó:
-“Adiós amigo Cocoliche, de donde sale tan empilchao»
(bien vestido)
A lo que Petray respondió:
– “Venguedede la Petagoña co este parejiere macanuto, amique!”
(Vengo desde la Patagonia con este -caballo- parejero macanudo, amigos!)
Sin pensarlo, había nacido algo que Podestá no previó. Cuccoliccio, con su jerga de idiomas mezclados, se convirtió en una palabra del idioma español que figura en el Diccionario de la Real Academia desde 1927.
La palabre Cocoliche, está definida como la ‘jerga híbrida que hablan ciertos inmigrantes italianos, mezclando su habla con el español’.

Para identificarlo más facilmente, cuando escuchás a tu abuela o a gente mayor, hablando medio raro después de 40 o 50 años de estar en Argentina, eso es Cocoliche.
A partir de fines del siglo XIX, Mar del Plata se convirtió en un imán para inmigrantes italianos, en su mayoría genoveses, napolitanos, calabreses y sicilianos, quienes arribaban en busca de trabajo y la posibilidad de una vida mejor. Se asentaron inicialmente en las zonas portuarias y barrios como el Puerto, el Abasto y el barrio Pescadores, aportando su oficio en la pesca, la construcción de embarcaciones, la albañilería, el comercio y las fábricas de conservas que se multiplicaron en las primeras décadas del siglo XX.
Los españoles, otra pieza fundamental en esta historia, llegaron principalmente desde Galicia, Asturias, País Vasco y Castilla, destacándose en la actividad comercial, en almacenes de ramos generales y en el pequeño comercio de barrio, además de aportar mano de obra calificada en los talleres y en la construcción.

Crearon espacios de encuentro que se convirtieron en puntos neurálgicos de la vida comunitaria, como la Sociedad Española de Socorros Mutuos, fundada en 1888, y la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos, fundada en 1874, instituciones que no solo ofrecían ayuda médica y social, sino que también funcionaban como centros culturales, organizando bailes, veladas teatrales y celebraciones patrias que fortalecían los lazos comunitarios y ayudaban a los recién llegados a mantener vivas sus raíces.
Asimismo, el puerto con sus coloridas lanchas amarillas, no puede entenderse sin la impronta de las familias italianas que hicieron de la pesca un símbolo local, mientras que en cada rincón de la ciudad persisten bares, pizzerías, confiterías y panaderías con raíces españolas e italianas, que mantienen vivas sus tradiciones gastronómicas, como las milanesas, la pizza al molde, la focaccia, las empanadas gallegas y el turrón.
Hoy, Mar del Plata cuenta con más de 30 colectividades activas, entre las que se destacan las asociaciones italiana, española, vasca, gallega, asturiana, sirio-libanesa, croata y armenia, entre otras, que cada año renuevan sus lazos con la comunidad a través de festivales como el Encuentro de Colectividades en Plaza San Martín y el Día del Inmigrante.
Allí se despliegan danzas típicas, gastronomía, coros y vestimentas tradicionales que recuerdan la diversidad de pueblos que, con esfuerzo y comunidad, tejieron la identidad marplatense.
Estas colectividades no solo preservan el pasado, sino que continúan generando espacios de solidaridad, cultura y memoria compartida.
Pablo Viti (@viti.pablo) es un artista local que lleva el humor de la mesa familiar marplatense al escenario, con las historias de su nona que mezcla italiano y español a su manera.
Con su humor sencillo y lleno de ternura, Pablo rescata esas frases cruzadas que son parte de la memoria de muchas familias de la ciudad, mostrando que el “cocoliche” de la nona no es solo un idioma inventado, sino un puente que une generaciones entre ollas hirviendo y abrazos en la cocina.
Por Mariano Mónaco







