Una historia olvidada nos recuerda el paso de José Hernandez, autor del Martín Fierro por esta zona. Pero qué eran estas construcciones?
Oculto bajo campos arados, monte bajo o caminos de tierra sin nombre, los fortines fueron una de las pequeñas estructuras militares que conformaban la línea de defensa del sur bonaerense.

Los fuertes eran fundamentales, significaban el asiento de un regimiento. Adentro había un edificio para el comando y un alojamiento para dormir. También contaba con depósito, polvorín y hospital.
En todos los fuertes se construía un mangrullo para poder mirar desde más altura al horizonte y anticipar la llegada de quienes se acercaban.
El ejército mismo se encargaba de la construcción de los establecimientos y del sembrado e instalación de las huertas, que se encontraban en las inmediaciones de los fuertes y permitían obtener recursos y alimentos. Salvo en los fuertes más importantes, en la mayoría no había familias, ni mujeres, ni niños. Podía haber un mínimo de cuatro caballos por persona y perros en cantidad.

A diferencia de los fuertes, los fortines estaban hechos sin muros de piedra ni arquitectura solemne, funcionaba como puesto avanzado, un punto de observación y refugio de emergencia ante las incursiones indígenas, especialmente durante la expansión territorial que siguió a la llamada «Campaña del Desierto» antes de ser oficialmente tal.
A las viviendas de los fortines se los llamaba ranchos “de quincha”, y estaban conformados por una trama de paja, totora o junco cosida sobre un armazón de cañas o ramas. Se establecieron más de 100 fortines a lo largo 2000 km.
En nuestra zona, el fortín de Camarones era una posta fortificada, de carácter transitorio, que protegía el tránsito entre Mar del Plata y los campos serranos del interior, y conectaba con otros puntos de vigilancia como el fortín de Laguna de los Padres y el de la Sierra de los Difuntos.

La presencia del fortín coincide cronológicamente con el paso por la región del joven José Hernández, autor del Martín Fierro, cuya familia se instaló entre 1849 y 1852 en la zona rural de Laguna de los Padres, donde su padre, Rafael Hernández, administraba estancias y ejercía funciones como medidor de tierras.
Aunque Hernández no menciona directamente al Fortín de Camarones, sí se sabe que su tránsito por estos paisajes —hoy dentro del partido de General Pueyrredon— le ofreció contacto con los gauchos perseguidos, los malones indígenas, la violencia militar y la lógica del desarraigo que luego retrataría en su obra más célebre.
El Martín Fierro, escrito en 1872, condensa muchas de esas experiencias vividas en carne propia o conocidas de primera mano en su juventud. El gaucho que es llevado a la frontera a la fuerza, que vive en un fortín miserable, que presencia matanzas y que luego huye perseguido por la ley, es también una síntesis de aquel mundo que Hernández conoció en lugares como Camarones, donde no regía la Constitución, sino la ley del fuerte, la espada o la lanza.

Hoy, el Fortín de Camarones no está señalizado, ni figura en los mapas turísticos. No hay placa, ni monolito, ni recreación histórica. Pero su recuerdo persiste en la memoria regional, en los estudios que rescatan la historia de la frontera y en la literatura que, como la de Hernández, lo transformó en símbolo. Como escribió él mismo:
“el gaucho que vive errante / no encuentra justicia ni ley / y sólo el cuchillo es rey / en la tierra del más fuerte”.
Así, entre tapera y tapera, se fue forjando la voz que décadas después gritaría por los derechos de los de más abajo, la pluma más potente que tuvo el gaucho argentino.






