Ícono popular y figura rodeada de anécdotas, construyó una leyenda entre su vida, la música y el vino. Pero qué hay de verdad en todo lo que se cuenta?
Horacio Guarany, fue un célebre cantor de folclore, autor de himnos como «Si se calla el cantor» o «La villerita», pero también participe de uno de los mitos más grandes de la canción.

En torno a él se generaron varios mitos, o bien se hizo fama propia bromeando todo el tiempo con lo mucho que le gustaba el vino.
“A mí me dicen que tomo mucho. ¡Mentira! Tomo lo justo, pero todo el tiempo”
La versión más difundida de sus mitos cuenta que en algún rincón de su casa tenía uno o varios tanques en altura cargados con vino, listos para servirse por manguera a toda hora.
Otros dicen que no era exactamente un tanque, sino un sistema de piletones subterráneos. Algunos incluso agregan que el vino era de elaboración propia, con uva criolla, como si fuera un homenaje líquido a la tierra y sus frutos.
Lo cierto es que en los 70 compró una casa vieja que se vendía al lado de la suya:
“Un amigo me dio la idea: No la tires abajo, vamos a arreglarla y a hacer un lugar para juntarnos, como un club”.
Le puso “El Templo del Vino”. Iban Edmundo Rivero, Tejada Gómez, Graciela Borges, Javier Villafañe.
La leyenda urbana relata que para una fiesta en esa casa, él llenó el tanque de agua con vino tinto. Se dice que cerró la llave de paso del agua y vació el tanque, llenándolo luego con damajuanas de vino.

La anécdota cuenta que el vino salía por las canillas, creando una escena memorable para los asistentes. Aunque algunos lo consideran una leyenda, otros afirman que es una historia real, aunque quizás exagerada, y que solo ocurrió una vez.
¿Es cierto? La respuesta importa menos que lo que representa.
Porque el mito del tanque de vino encaja a la perfección con la figura que Guarany supo cultivar: un artista comprometido con el pueblo, enemigo de las imposturas, amigo de la mesa larga, la guitarra y el vaso nunca vacío.
Exiliado, perseguido y censurado por pensamiento, volvió a la Argentina con la frente alta y la copa en alto. Para él, beber vino no era un exceso: era un rito. El vino era libertad. Era pertenencia. Era, también, combustible para su voz y su alma.
Hoy, el mito del tanque de vino persiste porque nos saca una sonrisa. Nos gusta creer que hubo un hombre que, en vez de almacenar agua para tiempos de sequía, almacenaba vino para tiempos de canto.
Porque si el vino viene, viene la vida.
Por Mariano Mónaco







