Fue un hito de la industria nacional. Sin conservantes ni aditivos, no sólo alimentó generaciones, sino que también fue recetada por médicos. Esta es su historia.
En 1875, cuando en Argentina la mayoría de los productos alimenticios elaborados aún eran importados, nació un símbolo inesperado de la industria nacional: la galletita Lola.

Fue creada por la empresa Bagley, fundada por el empresario estadounidense Melville Sewell Bagley, quien ya era conocido por haber lanzado la popular bebida Hesperidina.
La Lola no solo fue la primera galletita de producción masiva en el país, sino también la punta de lanza de un nuevo modelo de fabricación local que aprovechó una política estatal de incentivo: el gobierno le permitió a Bagley importar maquinaria sin pagar impuestos, lo que resultó clave para dar inicio a esta aventura industrial.

Lo que distinguía a la Lola, además de su valor simbólico como producto nacional, era su composición simple y natural. Estaba hecha sin aditivos ni conservantes, lo que en una época sin legislación alimentaria moderna la convertía en un alimento confiable y saludable.
Por eso, durante décadas, fue común verla en hospitales y clínicas, recomendada por médicos como parte de dietas livianas y nutritivas. Algunos testimonios recuerdan cómo los pacientes internados levantaban la mano para pedir “una Lola”, ya convertida en sinónimo de alivio y bienestar.
Pero más allá de su valor nutricional, la galletita Lola dejó una marca en el habla popular.
Según relatos orales, en una morgue porteña un camillero habría soltado la frase “este no quiere más Lola” al ver pasar un cadáver, en alusión al paciente que ya no disfrutaría de esa galletita.

La expresión quedó grabada y pronto se expandió al lenguaje cotidiano para señalar a alguien que se rinde, abandona una tarea o simplemente no da más. Desde entonces, “no quiere más Lola” es parte del repertorio coloquial argentino, aunque muchas personas no conozcan su origen.
Tras el éxito inicial de la galletita, la empresa diversificó su producción con nuevas variedades como las Mitre, Ópera, Manon y Traviata, además de incursionar en mermeladas, caramelos y bizcochos.
Para 1964, año del centenario de Bagley, su planta en el barrio porteño de Barracas producía más de 200.000 kilos de galletitas por día.
Aunque las galletitas Lola originales dejaron de fabricarse hace un tiempo, su legado sobrevive en el recuerdo de muchas generaciones y en una frase que aún hoy sigue viva en boca de todos.
La Lola no fue simplemente una galletita: fue, y es, un emblema argentino.







