Aquel verano del 79, la ciudad balnearia recibió a un monstruo gigante. Prometía ser un show inolvidable… pero algo salió mal.
El verano de 1979 traía a Mar del Plata un espectáculo sin precedentes: un King Kong animatrónico de 17 metros, que había sido utilizado en la remake estadounidense de 1976 producida por Dino de Laurentiis.

Tras su paso por La Rural en Buenos Aires, el gorila fue trasladado al Estadio Bristol, (en Luro y España), donde debía estrenarse el 1.º de febrero.
Pero los obstáculos comenzaron desde el inicio: se tardó demasiado en su montaje por excavaciones en el terreno, las pruebas técnicas fueron incompletas y la promoción que había agotado entradas en Palermo, no alcanzó a entusiasmar nuevamente al público en La Feliz.

El funcionamiento del animatrónico resultó decepcionante y todos los relatos coinciden: movimientos torpes y lentos, gruñidos amplificados por altoparlantes externos y efectos circenses de poca entidad.
Omar Giammarco, entonces niño, recuerda:
“El espectáculo era muy berreta, un rejunte de números de circo bastante malos… pasaba el tiempo y el gorila no aparecía. Llegando al final… aparecía la Bestia, que movía torpemente los brazos y simulaba romper unas cadenas”
El show combinaba una narración pregrabada, payasos y acróbatas, con sólo 15–30 minutos dedicados al gorila. El precio de la entrada fue el doble que en Buenos Aires, lo cual, sumado a que muchos habían visto ya el espectáculo, provocó una caída estrepitosa de la concurrencia.

Pablo Pujol, otro testigo de aquellos días, lo describe así:
“El muñeco aparecía como de la cintura para arriba… movía un poquito el brazo y un poquito la cabeza… era como Chirolita pero gigante… nenes que salían corriendo llorando… mientras las madres los corrían”
A fines de febrero comenzaban los problemas legales: embargos de SADAIC, falta de pago de alquiler y proveedores, lo que finalmente derivó en desmontaje de carpa, cubrimiento del Kong con lonas sucias y planes truncos de subasta en abril. Testigos locales aseguraron haberlo visto arrumbado en Bristol, empapándose bajo la lluvia de otoño.

Con el paso de las semanas surgieron mitos y relatos cada vez más fantásticos. Se dijo que el gorila había sido abandonado en el basural de Batán, desguazado por presos o habitantes de la villa, sus partes usadas como fierro viejo o incluso que sus dientes se vendían como souvenir.

Pero quien investigó con mayor detalle fue el historiador Fernando Soto Roland. Tras rastrear documentación de SADAIC, fletes nocturnos y testimonios brasileros, concluyó que el animatrónico fue desarmado y repartido en cajas hacia Devoto.
Desde allí, parte del gorila viajó a Brasil y tuvo un breve renacer en el parque Playcenter, en las afueras de San Pablo, donde volvió a ser atracción antes de volver, finalmente, a Estados Unidos.
El King Kong de 1979 no solo desapareció, sino que reinventó su historia en rumores y testimonios infantiles, de aquellos que pudieron apreciarlo y que hoy, peinan canas.






