Antes del turismo y los balnearios, esta región fue parte de un ambicioso proyecto comercial impulsado por uno de los hombres más poderosos de Sudamérica. Descubrí su historia.
Mucho antes de que Mar del Plata fuera la “Perla del Atlántico”, sus campos, su laguna y su costa fueron parte de un engranaje comercial más grande de lo que la historia local suele contar. Detrás de ese engranaje estuvo uno de los personajes más fascinantes y contradictorios del siglo XIX sudamericano: Irineu Evangelista de Sousa, conocido como el Barón de Mauá.

Industrial, banquero y abolicionista, Mauá fue un pionero del capitalismo moderno en América del Sur. En Brasil, impulsó bancos, ferrocarriles, astilleros y líneas telegráficas.
Pero también miró hacia el sur, especialmente hacia la región del Río de la Plata, en un momento clave del comercio atlántico. Fue allí donde decidió invertir en tierras, saladeros, exportaciones y proyectos portuarios. Entre esas inversiones, figura un predio enorme: la estancia Laguna de los Padres.

Mauá no actuó solo. Su hombre de confianza en Argentina fue Hipólito Zubiaurre, político y comerciante vasco, quien en 1860 compró más de 130.000 hectáreas en nombre del Barón. La propiedad incluía campos fértiles, la laguna, y una franja marítima en lo que entonces era apenas un paraje rural.
La idea no era fundar un balneario, sino desarrollar un centro agroexportador con salida directa al mar. El punto clave era la costa en la actual zona del Puerto de los Ingleses, que Mauá y Zubiaurre consideraban ideal para construir un muelle o embarcadero.
A través de allí se pensaba exportar tasajo (carne salada secada al sol) y lana, los productos estrella de la economía rioplatense de la época. El tasajo tenía un destino claro: alimentar a los millones de esclavos que trabajaban en las plantaciones de Brasil, Cuba y el Caribe. Aunque Mauá se declaraba abolicionista, su fortuna se construyó dentro de una economía que dependía de la esclavitud. Sus barcos transportaban tasajo desde Uruguay y Argentina hacia Brasil, donde era el alimento básico de los esclavizados. Fue un engranaje fundamental de ese sistema.
Mar del Plata, entonces, no estaba fuera del mapa. La cercanía con los saladeros del sur bonaerense, la posibilidad de tener su propio puerto, y la conexión con campos ganaderos, convertían a esta zona en una pieza estratégica para ese comercio.
Además del tasajo, el otro gran producto argentino del siglo XIX fue la lana. A medida que Europa industrializaba su industria textil, la demanda de lana sudamericana creció. Miles de estancias en Buenos Aires y la Patagonia se dedicaron a la cría de ovejas, y Mauá no fue ajeno a esta tendencia.
La estancia de Laguna de los Padres tenía condiciones ideales para la ganadería ovina: pastos abundantes, agua dulce y cercanía al mar. El plan del Barón incluía la cría y acopio de lana, que también podía ser embarcada directamente desde la costa atlántica. Exportar lana a Liverpool o Marsella desde un puerto en Mar del Plata hubiera significado una revolución comercial para el sur de la provincia.

En Rosario, el barón emitió papel moneda
En este sentido, Mauá pensaba en grande: un nodo agroexportador que integrara lana, carne y cuero, con salida propia al océano, sin depender del puerto de Buenos Aires. Una visión adelantada a su tiempo, que anticipó en décadas lo que luego sería el desarrollo del puerto local.
Sin embargo, el proyecto no prosperó. Las presiones de los intereses portuarios en Buenos Aires, la falta de apoyo estatal, y los conflictos políticos de la época (incluidas guerras regionales) hicieron que las inversiones en la zona no dieran los frutos esperados. En la década de 1860, Mauá comenzó a vender parte de sus tierras. En 1865, Patricio Peralta Ramos compró una gran porción de la estancia y allí inició el proceso fundacional de la ciudad de Mar del Plata, con una visión más urbana y turística.
Mauá, por su parte, se declaró en bancarrota en 1875 y murió en 1889, el mismo año en que su país, Brasil, abolió definitivamente la esclavitud.
La Laguna de los Padres, que hoy es un paseo turístico e histórico, conserva parte de ese legado silencioso. Fue el eje de un proyecto que combinó comercio, estrategia territorial y ambición industrial. Detrás de su calma actual, guarda las huellas de una época en que la economía de Sudamérica giraba en torno a saladeros, ovejas, barcos de vela y mercados lejanos.







