Rodar en Familia: la tradición de los carritos a rulemanes

Los hay amateur, y más profesionales como en otros puntos del país. En estos encuentros, lo artesanal resurge en manos de los más chicos.

Alguna vez fueron el entretenimiento clásico de los barrios. Una tabla de madera, cuatro rulemanes rescatados de alguna fábrica, un par de sogas y una calle en bajada bastaban para construir una aventura sobre ruedas.

Hoy, los carritos a rulemanes están viviendo una segunda vida. Volvieron a tomar velocidad en distintas ciudades del país, y Mar del Plata no es la excepción.

En barrios como Parque Independencia o en iniciativas impulsadas por centros comunitarios, escuelas y oratorios, se organizan anualmente encuentros familiares con carreras y exhibiciones.

Delegaciones de ciudades como Bolívar organizaron estos eventos

Lo lindo es que no se trata solo de correr: el armado del carrito, el trabajo en equipo y las ganas de compartir algo simple se vuelven protagonistas. Padres, madres, hijos y abuelos meten mano, ajustan tornillos y prueban bajadas como en los viejos tiempos.

Aunque parezca una actividad casera, también hay reglas que se respetan para garantizar seguridad y juego limpio: no se permiten ruedas con rodamientos modernos (tienen que ser rulemanes clásicos), se exige casco, el peso del carrito debe estar distribuido y no puede haber partes punzantes ni sobresalientes.

Algunas competencias más armadas incluso hacen una verificación técnica antes de largar.

En varias ciudades del país, como Río Ceballos o Punta Alta, estas movidas crecieron hasta convertirse en festivales comunitarios, con distintas categorías por edad, premios simbólicos, puestos de comida, música y hasta transmisión en redes. Pero lo que más se festeja no son los podios: es ver cómo chicos y grandes comparten algo sin pantallas de por medio.

Y entonces, ¿por qué no pensarlo también para la Sierra de los Padres?

Sería ideal armar un festival familiar o una competencia amateur en alguna calle tranquila de las lomas, donde se combinen creatividad, risas, herramientas, mates y mucha rueda libre. Una excusa para volver a lo esencial: compartir.

Por Mariano Mónaco




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